miércoles, 21 de mayo de 2014
LA HISTORIA DEL HOMBRE COMUN
El impacto que ha ido teniendo la historia del hombre corriente, la historia de los de abajo,
o también llamada la historia del hombre común, ha puesto en las manos de los
historiadores una posibilidad de enriquecer hasta el infinito la investigación y la
construcción histórica. No menos importante ha sido, para didactas y maestros, ofrecer
una gran cantidad y variedad de materiales que poseen una carga emotiva referida a
personas sencillas, que potencian las motivaciones de los alumnos al facilitar la conexión
vital que poseen los acontecimientos históricos.
Justamente por esto el hombre común pasó a ser el objeto principal de la enseñanza de la
historia en nuestra experiencia, la vía de potenciación del interés y la motivación del
escolar por el estudio histórico. No fue éste el único propósito al seleccionar el hombre
común como eje del proyecto curricular; se nos hacía necesario, una vez provocada la
motivación, lograr que las historias individuales promovieran, al mismo tiempo, la
conexión con la historia de su localidad y de la nación, movilizando, además, el
pensamiento científico del estudiante.
Reflexionar en historia con relación al hombre significa detenerse en sus acciones como
ser individual y social, con lo cual se confiere a esta ciencia un enorme potencial no sólo
en el plano intelectual sino educativo. En este sentido es de vital interés para la didáctica
atender este asunto en tanto ha de incidir en la selección, organización y secuenciación
de los contenidos en función del aprendizaje escolar.
El hombre es el resultado del conjunto de relaciones sociales que se establecen y se
desarrollan en el marco de las diversas actividades que despliega como parte de la
construcción de la sociedad; por lo tanto, sería muy difícil referir la historia de un individuo
o un colectivo fuera de los límites de su actividad.
La vida de la generalidad de las personas está marcada por acciones tales como asistir a
la escuela, jugar, estudiar una profesión, trabajar, disfrutar del tiempo libre, formar una
familia, que, por coincidir en su generalidad con otras personas, solemos darles la
categoría de comunes. Sin embargo, estas actividades poseen rasgos peculiares para
cada individuo y van conformando la historia personal que los identifica.
La historia está hecha no sólo por personajes, sino también por el hombre común, los de
abajo, como dirían algunos teóricos de la historia. Todos vivimos nuestras vidas y con sus
acciones construimos nuestras respectivas historias. Son historias individuales que
entretejidas resultan la historia de la familia, de la localidad, de la nación. Ninguna historia
humana ocurre por la acción exclusiva del propio individuo, sin vínculo con el resto de los
seres humanos que le rodean. No por ello la historia válida será la colectiva o la de las
personas más destacadas.
En la rutina de la vida cotidiana, el hombre se esfuerza para transformar el medio que le
rodea y al mismo tiempo crear los bienes materiales de subsistencia, proceso que fluye a
través del despliegue de actividades de naturaleza diversa. De esta forma puede desviar
el curso de los ríos para obtener mejores cosechas, procesar los materiales que le brinda
el subsuelo para emplearlos en grandes construcciones, fabricar nuevos medicamentos
para prolongar la vida, crear una melodía, una poesía, una novela para enriquecer la vida
espiritual de él mismo y de quienes le rodean; en fin, su accionar está en todas las esferas
de la vida y esto no es otra cosa que hacer historia.
La actividad del hombre común, por lo tanto, es esencialmente significativa para la
sociedad, su actuación, acorde a determinadas exigencias histórico-sociales, constituye
un eslabón más de la cadena de hechos políticos, económicos, sociales, ideológicos y
culturales que enriquecen su propia historia, la de su localidad, la de su nación y la del
universo.
Aunque toda persona tiene su historia, no todas tienen la misma trascendencia. Es
precisamente la actividad desplegada la que permite distinguir entre hombre común y
personalidad destacada. Un individuo puede distinguirse por su talento, o por sus
aptitudes, o por su capacidad de dirección o de ejecución. Esto indudablemente lo hace
merecedor de un reconocimiento social que de hecho lo convierte en una persona
destacada, pero esto no quiere decir que el hombre que no logra destacarse no tenga
importancia para la historia. Precisamente de lo que se trata es de reconocer que la labor
cotidiana, anónima, incansable –a la que por lo general la historiografía, y mucho menos
la didáctica de la historia, le concede valor– es el punto de partida para construir la
sociedad.
Algunos consideran que sólo pasa a la historia el hombre que ha dejado de ser común,
porque se ha destacado por algo. Profundizando en este análisis teórico, consideramos
que hay circunstancias sociales que, al incidir sobre un hombre común, hacen que afloren
características de su personalidad, lo empujen a realizar acciones que lo hacen crecer por
encima de otros, que lo hacen destacar, revelando cualidades que llaman la atención de
sus coetáneos o posteriormente de los historiadores. Con esto queremos decir que hay
hombres que potencialmente tienen condiciones para llegar a destacarse y que, al no
recibir el estímulo social para dar el salto cualitativo, permanecerán en el conjunto de los
sujetos anónimos. En dependencia de la altura que alcance esa acción, esa persona
seguirá siendo un hombre común, que en determinado momento se destacó, o dejará de
serlo, para pasar a las filas de los personajes históricos.
El concepto de hombre común, por tanto, tiene un carácter relativo que permite aclarar
que la distinción entre un hombre común y una personalidad histórica depende del tipo de
actividad que desarrolla el sujeto en el plano social. La personalidad se distingue en el
sentido de que sus aportes tienen un impacto en períodos de tiempo mucho más extensos
y en procesos sociales de mayor alcance, tanto que su actuación puede marcar hitos
históricos.
Resulta igualmente conveniente atender al criterio de que el significado de los hechos
históricos no puede encerrarse en los límites de la historia individual. Es obvio que las
necesidades, motivaciones y potencialidades del sujeto constituyen el punto de partida del
desarrollo social, pero existe un marco de relaciones sociales en las que éste se
encuentra insertado, y a las que necesariamente debe tributar la actividad que desarrolla,
lo que determina la existencia de la historia colectiva. De esta forma es fructífero para la
sociedad, en general, y para la ciencia didáctica, en particular, distinguir entre el valor de
cada vida individual y la vida colectiva, pues precisamente en ello está el punto de partida
para estudiar y comprender los hechos históricos.
El otro análisis que se puede hacer de todo esto es que el conjunto de hombres comunes
hace historias colectivas, a veces muy trascendentes. Una batalla no es ganada por un
soldado, y se habla del ejército, no de un individuo. Las pirámides de Egipto no pasan a la
historia por la labor de un esclavo constructor, sino por el sostenido esfuerzo de masas
comunales, durante décadas y siglos. No deja de valer, por ello, la historia de un soldado,
de un poeta, de un maestro o la de un esclavo constructor; pero podríamos distinguir
entre el valor humanista de cada vida individual y la importancia de las historias
colectivas.
El valor histórico de las acciones de hombres comunes está dado por el hecho de que son
realizadas en colectivo; o sea, la significación del hecho no está en la acción individual
sino que trasciende por el hecho colectivo. Aquí la historia la hace el hombre común, el
colectivo de personas simples, las masas anónimas.
Para la ciencia o el conocimiento de la historia, la importancia radica en que la historia de
cada persona aporta, además, a la acción total. Su contribución conforma el hecho
general y cada uno de ellos es protagonista del hecho general.
Son ejemplos, los alfabetizadores de la campaña cubana de alfabetización del año 1961,
que en número de cien mil, emprendieron la ardua tarea de alfabetizar más de un millón
de personas, en el lapso de un año. La labor individual fue muy encomiable y, por su
importancia, ha sido reconocida socialmente, pero la hazaña de sacar a un pueblo entero
de la ignorancia sólo se alcanzó gracias a que hubo muchos cientos de miles de
individuos que se incorporaron a la trascendente idea. Esa historia no se podría escribir
sin las historias personales y cotidianas de aquéllos que participaron en la gesta cultural.
Cada uno de los alfabetizadores guarda la cartilla con que enseñó, las fotos con el
campesino que educó y el recuerdo imperecedero de su esfuerzo y sacrificio personal y
de sus experiencias como maestro, pero que el país ascendiera un escalón superior sólo
fue posible por el protagonismo colectivo.
O sea, la historia del hombre común tiene una dimensión individual, la de cada persona, y
otra dimensión colectiva: obreros de una fábrica, maestros de una escuela. En ambos
casos puede no trascender. Si trasciende individualmente es porque se sostiene el aporte,
socialmente hablando, que puede ser moral, artístico, militar; en ese caso, el individuo se
convierte en una personalidad histórica. Si trasciende colectivamente es porque el hecho
colectivo se sale de lo común, se gana una batalla importante, se alfabetizó toda la
población. Pero en todos los casos se ha hecho historia.
Después de estas consideraciones se definió hombre común como «aquel sujeto de la
historia cuya actividad, de muy diversas gradaciones, se desenvuelve esencialmente en lo
cotidiano constituyendo, al mismo tiempo, un eslabón más de la cadena de hechos
políticos, económicos, sociales, ideológicos y culturales, las que, al formar parte de una
colectividad mayor, contribuyen a mover los resortes de la historia de su localidad, de su
nación y del universo» (Palomo, 2001).
Enfoque historiográfico
La nueva historia francesa, década del setenta, apunta hacia nuevos temas de estudios
históricos (el clima, el inconsciente, el cuerpo, la cocina), que recogen un aspecto nunca
antes tratado por la historia: la vida cotidiana. Este enriquecimiento de la historia habría
de presentar un nuevo peligro, anunciado por su fundador, Le Goff, quien expresara: «[...]
si un peligro amenaza a la historia es más bien el de perderse en este aventurerismo
[...]». Y advierte la forma de reencontrarla con la solidez de sus métodos (Le Goff y Lara,
1980, citado por Sánchez Prieto, 1995, p. 60).
La nueva historia da nacimiento a la llamada historia de las mentalidades. Se refiere a las
actitudes mentales y culturales que se nutren de ideologías, a menudo simplificadas y
deformadas, las cuales se reproducen inconscientemente a través de la práctica social de
la vida cotidiana.
Los orígenes de la nueva historia no son exclusivamente franceses. En Gran Bretaña,
desde principios del siglo XX aparecen en la historiografía manifestaciones de la lucha
contra el positivismo. Veinte años después de la nueva historia francesa aparecen temas
abordados ya por ésta, como la historia del cuerpo y la de la mujer. Pero surgen otros
nuevos, como la historia desde abajo, que expresa el esfuerzo del historiador por
presentar a la gente normal y corriente como objeto de la historia; y se plasman nuevos
métodos como la historia oral y la narración.
Sin dudas, parece que la historiografía ha buscado en las últimas décadas acercarse a
movimientos y perspectivas, como la de la antropología, la lingüística, la microsociología,
la de las historias de la vida cotidiana, todo lo cual parece apuntar a un evidente
cansancio de la investigación globalizadora, despersonalizada, que buscaba las
condiciones abstractas de la acción y los resultados históricos (Sánchez, 95, p. 66).
Frente a esta amplia y difusa actitud intelectual y artística, conocida como
postmodernismo –caracterizada por el abandono del discurso ideológico, la mirada hacia
la creación literaria y el análisis semiótico, la renuncia al intento de explicación y al
principio de causalidad–, la lección que extraemos es la idea de la vuelta al sujeto, que no
es lo mismo que una vuelta a la narrativa subjetiva.
Consideramos que todos los temas son válidos para estudiar la historia. La historia de lo
cotidiano, desde la perspectiva microhistórica, es una forma de estudiar fenómenos
antropológicos en una vertiente histórica a una pequeña escala de observación.
Precisamente, la historia micro brinda oportunidades especiales para el estudio de la
historia local; más bien ésta brinda un escenario privilegiado para la primera, con lo cual
se rompe el mito de la dicotomía entre lo particular y lo general. En nuestra concepción la
historia tiene el valor de lo singular cuando forma parte de lo general, cuando el estudio
de una vida puede ser enlazado con varias historias locales, con algunos acontecimientos
contemporáneos y sirve para hacer generalizaciones y promover análisis más amplios y
causales. Lo general gana en credibilidad y rigor científico cuando puede ser concretado a
un caso particular.
De ahí que la historia social cada vez la vemos con más posibilidades de éxito. La historia
de cada hombre es historia social; la historia de grupos, la historia de comunidades es
historia social. Si el hombre es un ser social, su historia es el estudio de la sociedad.
La otra arista de este concepto es la importancia de que, al estudiar historia, se trate de
reflejar la totalidad de las dimensiones de la vida social. El hecho de seleccionar un tema
específico para el conocimiento histórico, por estrecho que parezca, de ningún modo
quiere significar que se descontextualice del rico mundo variopinto en que se
desenvuelven los constructores de esa historia y su medio ambiente. En fin, la historia
vista desde esta perspectiva es la historia cultural, porque contempla la cultura de esa
sociedad. Cuando se habla de historia cultural, no estamos refiriéndonos sino a la historia
social.
A esta última idea agreguemos el criterio de entender la historia social como una historia
científica: una historia que contempla al hombre y al conglomerado humano, a la
individualidad y la colectividad, personajes y hombres comunes, clases y grupos, la vida
cotidiana y las acciones políticas, sociales y culturales, que enfoca temas muy específicos
y otros generales, que involucran a escenarios «micro» y otros más amplios (localidades,
naciones o el mundo en su totalidad), una historia que se basa en hechos, pero que se
insertan en las estructuras sociales, que se narra en lo particular de las acciones,
apoyada en datos, pero que es analizada por el historiador a la luz de interpretaciones y
explicaciones causales.
Este apunte se basa en una experiencia didáctica cubana publicada en la Revista de Investigación
“Enseñanza de las Ciencias sociales” (España, 2002, Número 1, ISSN: 1579-2617)
Artículo: Los protagonistas de la historia. Investigación didáctica. (Cuba, 2002)
Autores: Álvarez de Zayas, Rita Marina (1) y Palomo Alemán, Adalys (2)
(1) Instituto Pedagógico Latinoamericano y Caribeño. Ciudad de la Habana. Cuba.
(2) Instituto Superior Pedagógico de Holguín. Cuba
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